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Gato Barbieri - Bolivia (1973)


Resubido nuevamente por Sandy, este gran disco con el Gato junto a Lonnie Liston Smith, Abercrombie, Airto Moreira, Stanley Clarke y más pibitos... y si no me creen que esto está bueno acá tienen una cancioncita...

Artista: Gato Barbieri
Álbum: Bolivia
Año: 1973
Género: Latin jazz
Duración: 42:25
Nacionalidad: Argentina


Lista de Temas:
1. Merceditas
2. Eclypse
3. Michellina
4. Bolivia
5. Ninos
6. Vidala Triste

Alineación:
– Lonnie Liston Smith / Piano, Electric Piano [Rhodes]
- Gato Barbieri / Tenor Saxophone, Flute, Vocals
- J.-F. Jenny-Clark / Bass
– Stanley Clarke / Bass
– Pretty Purdie / Drums
– John Abercrombie / Guitar
– Airto Moreira / Percussion
Guest:
Gene Golden / Percussion
James M'tume / Percussion
Moulay "Ali" Hafid / Percussion



Otro gran disco de Latin Jazz del gran Gato Barbieri, quien sería precursor de la World Music, cuando aún nadie hablaba de ese estilo. Y ojo que no lo digo yo, lean este libro: la "Guía universal del jazz moderno".
Debo aclarar que nunca me ha gustado mucho el sonido meloso del saxo, quizás gracias a tanto saxofonista romántico suelto por allí y haciendo cruelmente sus desmanes en nuestros sensibles oídos al estilo Kenny G. Pero escuchar al Gato en canciones como "Merceditas", más si atrás tiene gente como John Abercrombie, Stanley Clarke, Airto Moreira y Lonnie Liston Smith (con quien comparte la cartelera) entre otros, es un deleite y una belleza.
Jazz fusión de los años 70's basado en el concepto de un viaje imaginario a una Bolivia imaginaria. Hay interesantes versiones de canciones conocidas, como la citada "Merceditas" o el bolero "Eclipse", y todo concluye con una vidala triste, con unos versos cantados.


Quienes hemos nacido en esta convulsionada y extraña patria que es Argentina, allí en el extremo sur del continente americano, casi cayéndonos para el lado de la Antártida (?) hemos tenido la enorme suerte de poder contar, en nuestra historia musical, con varios intérpretes que han sabido mover el avispero. En efecto, de no haber sido por quienes moldearon, en los años ‘60, al rock argentino, probablemente el resto de Latinoamérica no habría tenido -al menos en un comienzo- un principio rector a través del cual guiarse para expresar sus propios sentimientos de una manera ya no tan deuda de lo que venía del país del norte. Esto hizo que esos iniciáticos muchachos se transformaran en verdaderos próceres del rock latino, tipos reconocidos en todo el continente por su impronta y su legado. Esta influencia, empero, no se detiene sólo en los ‘60. En los años ‘80, cuando los tours internacionales ya eran una realidad, el rock argentino fue recorriendo todos los caminos que pudo a nivel latinoamericano y perpetuó su influjo en el resto de América a través, como siempre, de una impronta original y de marcado desparpajo, que catalizaba las influencias foráneas en propuestas que las resignificaban añadiéndoles ese “algo” que sólo puede tener el rock argentino. Esto sin ir en desmedro, desde luego, de la música brasileña que tanto hemos reseñado por aquí y es quizás la más original e importante de toda América Latina; y tampoco de nuestro querido rock uruguayo, de la música colombiana, del rock mexicano (todas tendencias que aquí hemos recorrido solícitamente). Sólo intentamos reflejar de qué manera lo que salió de Argentina moldeó, de algún modo, al resto. Ahora bien, no sólo de rock vive el hombre. Si nos expandimos hacia otras fronteras tales como la música popular (más conocida como folclore), nos encontraremos con intérpretes de probada valía a nivel local e internacional como el gran -nos ponemos de pie- Atahualpa Yupanqui, la genial Mercedes Sosa y Facundo Cabral, todos ellos grandes pendientes de este espacio representantes de la música argentina por el mundo, que llevaron mucho más lejos la idea de una identidad nacional que supere las fronteras y se imponga con su toque único en cualquier lugar donde quiera posar sus alas. Hoy les presentaremos a un muchacho que de tanto expandir su mundo terminó cohesionándose de manera casi alquímica con un mundillo muy particular en el que entró por la ventana y terminó adueñándose de la puerta, listo para cobrar entrada (?). Esta transición nos habla, claro, de su talento y su originalidad, de una forma muy personal de entender la música que tuvo la recepción justa en un momento en el que muchas cosas estaban pasando y este muchacho, lleno de ganas de experimentar, apareció como un soplo de aire fresco y único. Se trata de un tipo que habiendo nacido y desarrollado sus primeros años en el interior de nuestro país, pegó el salto primero a Europa y luego a Estados Unidos para desarrollar allí una carrera en un ámbito tan difícil como el jazz, sacando pecho a través de su manera única de tocar el saxo -de impertérritas reminiscencias argentinas, con el agite a flor de piel- entre muchos otros intérpretes tan talentosos como él y convirtiéndose en uno de los referentes de una movida de la que ya hemos hablado aquí, el jazz que evolucionó con la inclusión de rítmicas latinas. En eso, como no podía ser de otro modo, este comegatos rosarino se destacó plenamente, con su íntimo conocimiento de estos géneros como arma principal y una plétora de colaboradores -que ya veremos quiénes son- ayudándolo en unos cuantos álbumes muy originales que se convirtieron en referencia para este movimiento que tanto queremos y tanto nos gusta, uno de los cuales (desde ya) compartiremos con ustedes hoy aquí. Comencemos, entonces, por hablar un poco de su dilatada carrera, que empezó -como la de muchos por este rincón- de muy pibe. En efecto, nuestro asombrerado (?) amigo nació en 1932 en la querida ciudad de Rosario, el centro urbano más importante de la provincia de Santa Fe, acá nomás (?) de Buenos Aires. Criado cerca del Parque de la Independencia, hogar del rojinegro y pecho Newell’s, rápidamente nuestro héroe se hizo pingüino apasionó por los colores de sangre y luto que representaban a esta institución y que fueron, para él, los que enmarcaron su primigenia pasión, el fútbol, que nunca dejaría de poner como su principal amor más allá de su extenso recorrido por el mundo de la música. Esta recorrida empezaría, para él -como sucede con muchos de los que andan por este espacio- de muy pequeño. En medio de su pasión futbolera, no pudo escaparle al hipnótico influjo de las notas musicales, que aparecieron en su vida a través (como, nuevamente, ocurre muy seguido por estos lares) del vínculo familiar. En efecto, su tío Mario Barbieri era un saxofonista y clarinetista del ámbito del jazz rosarino, y a partir de su presencia en el seno familiar fue que Leandro, nuestro héroe, empezó a conocer las bondades de la ingesta de jazz por vía auricular (?). Hubo, de hecho, una melodía particular que le abrió la cabeza y lo decidió a tomar el camino que lo definiría para el resto de su vida. El elegido fue uno de los saxofonistas más importantes de la historia del jazz, Charlie Parker, y su clásica melodía “Now’s The Time”. Las notas vadeantes, incansables del Bird sobre esa base bien clásica de bebop -aquel estilo donde Parker se hizo símbolo- causaron en Barbieri una impresión tal que decidió pedirle a su padre, un carpintero, que lo mandara a estudiar música. Inspirado seguramente en la carrera que había desarrollado su hermano, él accedió solícitamente, y en la volteada cayó el hermano mayor de Leandro, Rubén, a quien también mandaron a estudiar a una escuela de particular nombre, Infancia Desvalida (!). Con el maestro Alfredo Serafino, Leandro -a quien por entonces ya llamaban por el apodo que lo marcaría por el resto de su vida, Gato, contradictorio apelativo dado su origen (?)- tomó por primera vez la lengüeta del clarinete y se apasionó por él de una manera similar a la que lo había conducido al pingüinaje y el abandono club de sus amores.
Sin embargo, este camino no sería el decisivo para él. Tres años después de comenzar aquellas clases en Infancia Desvalida (?), el Gato y su familia se trasladarían de ciudad, en la primera de muchas mudanzas para un Barbieri que se convertiría con los años en un ser trashumante, bohemio y nómade que se apropiaría decisivamente de cada contexto en el que apoyaría sus posaderas (?). En este caso, se vendrían a la ciudad donde dios atiende, la Capital Federal. Barbieri se mudó junto a su familia a una casa en Congreso y prosiguió persistentemente con sus clases de música, la que ya lo apasionaba y le para la que mostraba un talento interesante con apenas quince años. Tal es así que lo descubrió una leyenda del ámbito del tango que por entonces se estaba tirando para el lado del jazz. Esa leyenda era René Cóspito, un pianista y violinista que durante los ‘20 y los ‘30 había participado de encuentros y orquestas con tipos como Cobián, Gardel y D’Arienzo pero desde principios de los ‘40 se había decidido a armar grandes orquestas jazzeras por las que pasaban los mejores talentos jóvenes de la época, de Malvicino a Pancho Cao, para con ellas volverse una especie de entretenimiento para radios, hoteles y cruceros. Hacia el ‘47, a instancias del profesor del Gato y su hermano, el maestro Ruggiero Lavecchia, Cóspito decidió incorporarlos a ambos a su orquesta de jazz. Por entonces, Lavecchia le había insistido al menor de los Barbieri para que cambiara el clarinete por las llaves y la mayor potencia expresiva del saxo, que además entendía que era más apto para el poder de ataque del pecho de Leandro. Entre 1947 y 1952, Gato se había recibido de músico, ya decididamente desde el saxo tenor, tocando por todos lados (Rosario incluida, claro) con la orquesta de Cóspito. Fue entonces cuando lo llamó otro símbolo de la música nacional, el gran Lalo Schifrin, quien quería incorporarlo a su propio grupo. Esta excursión le duró a Barbieri otros seis años en los que su reputación aumentó progresivamente hasta volverlo líder de sus propias orquestas, posición en la que se volvió referencia del jazz porteño. Una década después de haber abandonado a Cóspito, ya establecido como un músico profesional de los mejores del país, Barbieri sentía que su estancia aquí había tocado techo, que no había retroalimentación artística que pudiera hacerlo crecer con su influjo. Así que decide salir a conquistar el mundo munido de su saxo y sus ganas de experimentar. Vive brevemente en Brasil hasta que, a instancias de su mujer Michelle, italiana de nacimiento ella, decide mudarse a Roma convencido de que la escena del jazz de allí le daría los frutos necesarios a su obra. Su idea era abrevar en las vertientes más experimentales de este estilo, en la vanguardia que por entonces estaba estallando en todo el mundo. Las enseñanzas de Coltrane y Pharoah Sanders habían pervivido su propio estilo, y eso tenía que expandirse en algún sentido. Esto fue claramente percibido por un gran capo, el trompetista yanqui afincado en París Don Cherry, que lo llevó para su grupo donde el tono cálido pero agresivo y decidido del Gato tuvo su barniz final y decisivo. El avant-garde había calado bien profundo en él, y entre los ‘60 y ‘70 participaría de proyectos memorables como la Liberation Music Orchestra de Charlie Haden y la legendaria ópera jazz de Carla Bley Escalator Over The Hill. Pero algo estaba cocinándose dentro del alma del Gato. Como muchos músicos amantes de lo rítmico, el avant-garde se le presentaba como una música excesivamente atonal y por tanto poco expresiva. Barbieri empezó, desde finales de los ‘60, a mover su eje hacia otra movida que comenzaba a mostrar sus primeras señales de vida: el jazz latino. Gato se dio cuenta que todo su entrenamiento experimental podía fundirse con esa impronta latina tan propia, con ese tono tan cálido suyo, y que por ahí estaba el camino. En medio de esto se encontró con Bob Thiele (el ex capo de Impulse! que había firmado a Coltrane, Mingus, Gillespie, Ayler…) y su recién fundada discográfica Flying Dutchman Records, donde comenzó un recorrido estelar a partir de The Third World (1969) y Fénix (1971) pero especialmente con el sensacional directo El Pampero de 1972, catalizador clave de todo aquello que Barbieri estaba construyendo y que crecía decisivamente, como un huracán; como su forma de tocar el saxo, justamente. En el ‘72 Bernardo Bertolucci, amante de su música, lo convocó para escribir la banda sonora de su polémico y bello film Ultimo Tango A Parigi, soundtrack sugerente y seductor que se volvió un verdadero clásico y acrecentó el perfil del Gato decididamente: a partir de este suceso firmaría un lucrativo acuerdo, precisamente, con Impulse!. Pero antes de ese recorrido, que le legaría su exploración definitiva de la música latina en forma de sus Chapters, estuvo este, su último y genial disco para Flying Dutchman Bolivia, el que aquí les ofrecemos. Acompañado por los talentos estelares del tecladista Lonnie Smith, el percusionista Airto Moreira y el baterista Bernard Pretty Purdie (entre otros), Barbieri configura un bellísimo, variado y complejo álbum que abre con una reinterpretación asombrosa de una de las melodías más hermosas -si no la más hermosa- de habla hispana, la “Merceditas” de Ramón Sixto Ríos que es uno de los grandes clásicos de la música litoraleña argentina para luego conducirse a través de tradicionales como “Eclypse” y temas pletóricos de latinoamericanismo como “Bolivia” y “Niños” y cerrar con una vidala -llamada precisamente “Vidala Triste” y escrita por Michelle- en la que Gato hasta se anima a cantar (!). Cuando nos referimos a Bolivia hablamos de la Boca un disco de jazz latino como muy pocos, con el toque particular de Barbieri en melodías muy logradas que muestran los pasos de una exploración tan intensa como definitiva.
Les recomiendo explorar a ustedes también, amigos.
Mi discoteca

Y vamos con algunos comentarios en inglés para nuestros visitantes gringos y anexos.


In 1973, Argentinean saxophonist Gato Barbieri contemplated a move to a more commercially viable, accessible sound, one that appealed to both North and South American audiences. He moved from the jazz vanguard toward it's exotic center (and finally into the commercial world altogether) with a number of records, including this one, which explored the various rhythms, melodies, and textures of Afro-Cuban and Latin American sounds. Bolivia features Barbieri immediately prior to his Impulse recordings that resulted in the celebrated four-chapter Latin America series. Utilizing the talents of musicians as diverse as guitarist John Abercrombie, pianist Lonnie Liston Smith, drummer and percussionists Airto Moreira, M'tume, Bernard "Pretty" Purdie, Gene Golden, and Moulay Ali Hafid, as well as bassists Stanley and J.F. Jenny Clark. Barbieri's musical reach is everywhere here. There's the bolero-like romp of "Merceditas," where his normally raw-toned, feeling-centered playing is kicked up a couple notches into a frenetic, emotional tidal wave, and the haunting "Bolivia," full of shimmering percussion and pianistic glissandi courtesy of Smith. Barbieri's loping, spare playing is reminiscent of Coltrane stating of the melodic frames in "India." There is also the melody of the traditional "Eclypse" wedded to a gorgeous, sensual Cuban son-like melody "Michellina" (for Barbieri's Italian born wife). The final two of the album's five tracks are based in Argentinean folk forms associated with the tango, but are less formal, more open, and modally charged. Setting both "Ninos" and "Vidala Triste" in minor keys with open modal themes, improvisation happens -- á la Ornette Coleman -- in the heart of the melody, despite the intricate nature and complex time and key changes inherent in both tunes. Ultimately, Bolivia is a sensual, musically adept, and groundbreaking recording, which offered Barbieri a chance to come in from the avant-garde before heading back to the fringes with the Latin America series. A fine effort that is finally getting the notoriety it deserves.
Thom Jurek


The corporeal memory of pleasures briefly known and longing barely quenched. Her skin still ageless, her scent rich in my lungs, we drifted off together in exhaustion. She left me there sleeping, a note on the kitchen table. She left me there dreaming the Bolivarian dream of an America united across the hemispheres. She left me a folheto she bought from a street hawker who recited it for us from beginning to end and offered to continue with more. She may have bought it just to silence him and send him on his way, a bribe to leave us to our own private somnambulist poetry. A crowded street in the old city, as he walked away from us I barely noticed that all sound faded into a steady hum of a single note in the dark regions of my awareness, hearing only her voice; of all color fading into a uniform grey, seeing only her pale skin in the half-light. All senses withdrawn into one still point of awareness. She left me lost in the Bolivarian dream as she went back to the arms of the beast that bore me, the colossus of the north yawning and stretching its million arms to every corner of this dying earth. Our homes were exchanged in a backroom trade between our saints arm-wrestling the invisible hand that feeds us. They lost. The body memory of longing never quenched and peace in the future conjunctive. Even the strongest of unions could barely hold out against the fading of that dream.
This is another beautiful record from Gato Barbieri, making music quite unlike anything else going on at the time and with an ensemble that's hard to beat. Lonnie Liston Smith receives co-billing on the front cover, and its no coincidence as his Cosmic Echoes band was putting out their first album on Flying Dutchman the same year. The opening track "Merceditas", having no less than Pretty Purdy, Airto, and M'tume playing together, would seem to be a climax before foreplay, and in any other hands that might be the case. Barbieri pulls this off, though, as the strength of the rest of material is more than enough to carry the album. The title track is particularly rich, beautiful and terrifying. It is difficult for me to write about this record because the liner notes from Nat Hentoff, a much better writer than I'll ever be, humble the movement of my pen. I will, however, freely quote from him:
"The life-affirming, surging spirit of these performances - with their supple range of colors, rhythms, soaring melodies - is the essence of that basic, visceral beauty that gives hope to lovers and revolutionaries and to all those who believe in real life before death. His music is an embodiment of perennial possibility that is made of blood and flesh rather than vaporous dreams. Gato, in sum, is among the the least abstract of musicians because he is so explosively, specifically alive."
Flabbergast

One of the best examples of Barbieri's great musical catalogue. Although some tracks sound the same than previous works and sometimes the musicians get lost badly (Trying to follow the sax), all worths it because of the soulful and energetic playing in "Ninos" (really hard latin jazz) or the nice melodies in "Michellina", or "Bolivia". Gato's playing style is fine as hell in "Merceditas", but, to be honestly, he never sounded good singing... same thing here in "Vidala Triste".
But it is an amazing recording anyway. Great to see how the south-american music is suposed to be. Don't get me wrong, i'm Chilean. That's next to Bolivia. I just say that for you guys.
P. Hangman

A éste disco lo tenía disponible hace rato, pero tengo más discos para compartir que tiempo para publicarlos...




Comentarios

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  2. Puede ser que ya no esten los links en zippy?

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    1. Uffffff, que basura que resultó Zippy!!!!
      No hay caso, no nos podemos mover de Mega...
      En estos días lo resubo, y nunca más a ese Zippy del orto.

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Qué discacho! (perdón, que discazo para escucharlo con un wiskcacho!)
    Sandy sos grande.............
    Sandy, trabas mucho, pero en silencio, quiero leer tus opiniones de lo que resubes/re-upload, aunque sea traducido!
    aplausos para Sandy!

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    1. En el sur de Brasil, en el estado de Rio Grande do Sul, Merceditas es casi un himno para el folklore para ellos!

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