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Frank Zappa, Defensor del Librepensamiento

Hoy vamos a meternos otra vez con Frank Zappa, guitarrista, compositor, pensador y rompepelotas, porque si Zappa fue un virtuoso tocando la guitarra, no lo fue menos tocando los huevos al sistema. Gustaba de hacerlo a dos manos, pellizcando con tesón y maestría el escroto de todo aquel con una mínima propensión a escandalizarse: fundamentalistas cristianos, hippies, americanos de bien, feministas, republicanos, liberales, miembros de la Cienciología, pacifistas, racistas, sindicatos, intelectuales, paletos, policías, homosexuales y un etcétera más largo que una ópera rock setentera.

¿Como puedo ser parte de la contracultura americana si es país donde no hay cultura?
Frank Zappa


Esta vez, los videos no serán tan musicales, o al menos serán con una música distinta. Aquí tenemos otra faceta de Frank, y esto también es rock, es rebeldía, es contenido y es música para los oídos... al menos para algunos oídos Censura, fascismo, moral, libertad, violencia en el gobierno de EEUU. Hace tiempo, Vicky me había pasado éste video que devino en esta entrada que me pareció oportuno reflotar ahora...





Entren al post, que me parece imperdible y continúa contando y mostrando, con más detalle, su peregrinación contra cualquier modelo estereotipado de pensamiento, propio de los "paganos" de la doble moral, la hipocresía. Frank Zappa no solo ofrece su lisérgico bálsamo sonoro de rock progresivo mezclado de música concreta, jazz, country y music hall, su amor por Varese, Stravinsky y el jazz, sino en dirigir sus agudos dardos de autoridad intelectual y moral hacia el corazón de los perezosos del pensamiento, de los pacatos de las ideas simples y toscas, y me pregunto ¿se lo imaginan en el mundo de Trump?...



Frank Zappa se enfrentaba contra un organismo que buscaba censurar y controlar el contenido sexual y "satánico" de algunas líricas rockeras, audiencias en el senado sobre el proyecto de ley 2911 que pretendia censurar la música, lo que luego llevo a las etiquetas "Parental Advisory" que siguen usándose hoy en día.




Lo que Zappa dijo es que son lobbistas tratando de pasar un impuesto que beneficiaría únicamente a una pequeña parte de la industria, hasta el día de hoy.


 
Frank Zappa en las audiencias del PMRC

La Historia detrás de los videos...

Un día de 1985, Tipper Gore, esposa del entonces joven y prometedor senador por Tennessee Al Gore, compró a su hija de once años el disco de Prince Purple Rain. La señora, como buena dama sureña que era, se quedó a cuadros al descubrir que en una de las canciones del disco, «Darling Nikki», aparecía una clara referencia a la masturbación. Escandalizada, entonó el clásico «¿es que nadie va a pensar en los niños?» y llamó a algunas de sus amigas. Casualmente estas también eran esposas de hombres poderosos de Washington: Pam Howar, casada con el poderoso constructor Raymond Howar, Susan Baker, devota cristiana y esposa del secretario del Tesoro James Baker, y Sally Nevius, casada con otro famoso empresario de Washington. Las cuatro damas, que Zappa bautizaría más tarde como las Mothers of Prevention, tiraron de la agenda de sus felicitaciones navideñas y montaron, en un abrir y cerrar de ojos, el Parents Music Resource Center (PMRC), que se convertiría en poco tiempo un poderoso lobby.
«Como muchos padres de mi generación, yo crecí escuchando rock y disfrutándolo […], pero algo ha cambiado desde los tiempos de “Twist and Shout” y “I love Lucy”», se lamentaba Tipper Gore. De modo que el PMRC se propuso el nada modesto objetivo de acabar con la inmoralidad del rock moderno, que estaba corrompiendo a los jóvenes americanos con letras que invitaban a la promiscuidad, a la violencia y al abuso de drogas. Ni cortas ni perezosas las cuatro damas codificaron la inmoralidad de la música moderna: «X» para las canciones blasfemas o sexualmente explícitas, «V» para las violentas, «D/A» para las que invitaban al consumo de drogas y alcohol y «O» para aquellas con contenido «oculto» (sic). A partir de ahí elaboraron una primera lista de quince canciones, que pasarían a la historia como las «Filthy Fifteen». La lista estaba encabezada por la antes mencionada «Darling Nikki» de Prince, pero incluía un poco de todo, desde canciones pop como «Shugar Walls» de Sheena Easton a «Eat Me Alive» de Judas Priest. También estaba «Bastard» de Mötley Crue («glorificaba la violencia»), «Let Me Put My Love into You» de AC/DC (en este caso está bastante claro) y «We’re Not Gonna Take It» («violenta», aunque «política» hubiera sido una definición más adecuada). Madonna entró en la lista con «Dress You Up», a los W.A.S.P. les cayó una X por «Animal (Fuck Like a Beast)», mientras que los Def Leppard solo rascaron un «D/A» por «High’n’Dry», el mismo resultado que Black Sabbath con «Trashed». Los daneses Mercyful Fate y Venom se adjudicaron las dos únicas «O» de la lista. Cerraba la lista Cindy Lauper, con «She-Bop», su oda a la masturbación femenina.
El PMRC quería que la industria discográfica adoptara esta política de autorregulación etiquetando los discos, de la misma manera que, desde hacía décadas, la industria cinematográfica especificaba qué películas eran adecuadas para un público infantil y cuáles no. Llegados a este punto la situación bordeaba lo ridículo y Zappa no pudo ni quiso resistir la tentación de entrar en esa batalla con los dos pies por delante. Evidentemente muchos otros artistas se estaban movilizando para oponerse a las reivindicaciones del PMRC, y existía ya una coalición llamada Musical Majority, organizada por Danny Golberg de la Gold Mountain Records, con este objetivo. Sin embargo, Zappa, cuyo ego era casi tan voluminoso como su misantropía, consideraba sencillamente aberrante la idea de trabajar en una organización que no controlara plenamente. Así que puso en pie su propia campaña (poniendo setenta mil dólares de su bolsillo) y empezó a dar entrevistas a diestro y siniestro, convirtiéndose en uno de los líderes más destacados de la oposición a las propuestas de las «esposas del Gran Hermano». De esta manera, cuando la Comisión de Comercio, Tecnología y Transportes del Senado americano convocó una audición pública para el 19 de septiembre de 1985 con el objetivo de discutir la propuesta del PMRC, Zappa fue invitado, junto al cantante country John Denver y a Dee Snider de los Twisted Sisters, para que pudiera exponer sus argumentos. La audición era poco menos que una puesta en escena a favor del PMRC, que contaba con cinco maridos-senadores en la comisión, entre ellos Al Gore, pero acabó convirtiéndose en un sonoro fiasco. Zappa les iba a demoler ante las cámaras de treinta y cinco canales de televisión y centenares de periodistas, en la que puede considerarse una de sus más memorables actuaciones. Aun sin acompañamiento musical.
En su elocuente discurso, Zappa no se limitó a defender la Primera Enmienda (esa que garantiza la libertad de expresión, de culto, de prensa y otras irritantes liberalidades), sino que realizó un lúcido análisis de las condiciones materiales bajo las cuales los músicos realizan su trabajo, de la organización de la industria musical y de las relaciones de poder entre esta y las instituciones públicas. Desde este punto de vista, es significativo que esa audición se realizara ante la comisión de comercio, tecnología y transportes del Senado, y no ante una institución dedicada específicamente a las artes, a la educación o a las libertades constitucionales, sedes que parecerían mucho más adecuadas para albergar una discusión sobre la propuesta del comité liderada por la señora Gore. Para entender el por qué de esta extraña decisión es necesario ampliar el foco y ver qué es lo que estaba sucediendo en ese momento en la industria discográfica.

Eran los tiempos del Home taping is killing music, en que las discográficas emitían apocalípticas notas de prensa declarando pérdidas multimillonarias, calculadas considerando cada cassette copiado como un disco vendido menos (¿les suena?). La industria estaba apostando muy fuerte por la introducción del CD, un nuevo soporte aparecido en Japón en 1982 y en el resto del mundo el año siguiente. En realidad el fracaso de la cuadrafonía en los setenta había demostrado la escasa propensión de los consumidores a cambiar sus aparatos de reproducción con la promesa de una mayor calidad sonora. Lo que en realidad interesaba a la industria de aquel nuevo soporte era que el CD solo podía producirse con maquinaria moderna y costosísima: era imposible realizar copias caseras. Ahora se nos escapa la risa, porque sabemos que su gozo acabaría en pocos años en un pozo, pero eso entonces nadie podía saberlo. Lo que en aquel momento lo estaba petando de verdad era el walkman y la posibilidad de escuchar música caminando por la calle, en el metro o haciendo footing (en aquellos tiempos nadie hablaba aún de running, gracias a Dios). Los discman portátiles eran entonces aún demasiado caros y grandes, amen de prácticamente inutilizables en movimiento. Por lo que, aun consiguiendo introducir el nuevo soporte, la gente seguiría realizando copias para escucharlas en su walkman o en el coche. Para atajar esas multimillonarias (y sobre todo virtuales) pérdidas, las discográficas estaban intentando que el Congreso aprobara una propuesta de ley (la HR2911, la llamada ley Mathias), que introducía una tasa de entre el 10% y el 25% sobre todos los aparatos de grabación, y otra de un céntimo al minuto sobre los cassettes vírgenes.
El senador Al Gore, marido de Tipper, era uno de los defensores de la ley HR2911, así como el republicano Strom Thurmond, cuya esposa se encontraba entre las más activas promotoras del PMRC. Por lo que la Recording Industry Association of America (RIAA), la patronal de las discográficas, temía con razón que un rechazo demasiado rotundo de las propuestas del PMRC hubiera podido entorpecer el iter legis de la HR2911. El presidente de la RIAA cedió pues inmediatamente, adoptando un tono conciliador y llegando hasta el punto de tomar en consideración las preocupaciones de las señoras de Washington acerca de los mensajes escondidos o grabados al revés en los discos, sempiterna obsesión de la derecha cristiana fundamentalista. En cualquier caso aceptó poner en la portada de los discos potencialmente ofensivos una etiqueta que rezaba: «Parental Guidance: Explicit Lyrics». La «Tipper Sticker», como fue llamada, todavía hoy campea en la portada de muchísimos discos.
En la audición del 19 de septiembre, Zappa renovó su acusación a la industria de haber vendido a los artistas a cambio de la introducción de la que definió como «una tasa privada impuesta a los consumidores por parte de una industria a beneficio de un grupo restringido dentro de la misma». Pero tanto la reivindicación de la independencia de los músicos ante la tentativa del Estado de embridar su creatividad, como la denuncia de la complicidad interesada de la industria, entran en lo que cabe esperar de un músico como Zappa. Lo que resultó menos previsible fue el articulado despliegue argumental, en cierto sentido una auténtica lección de análisis de políticas públicas, que impartió al comité del Senado encabezado por Al Gore. Su gran mérito fue demostrar que, además de moralmente equivocada, era una reglamentación chapucera desde el punto de vista técnico: Bad facts, make bad laws, and people who write bad laws are, in my opinion more dangerous than songwriters who celebrate sexuality, dirá en un momento de la intervención.
Zappa empieza insistiendo en que el PMRC está intentando resolver un problema que en realidad no existe, o que tiene una fácil solución desde la esfera estrictamente privada: si las señoras están preocupadas por la influencia del porn rock sobre sus hijos, las tiendas de discos están llenas de maravillosa música instrumental. Pueden dedicar sus 8,98$ a comprar un disco de música clásica o de jazz, mucho más formativos y edificantes que el tan detestado rock superventas. Quien conoce un mínimo la figura de Frank Zappa sabe además que no se trata de una argumentación oportunista, buena parte de su formación musical se produce fuera del ámbito del rock. Entre sus mayores influencias, junto al R&B de los años cincuenta, están el compositor francés Edgar Varèse y Stravinski.
En segundo lugar pone de relieve la arbitrariedad de aplicar esta reglamentación solamente al rock, sin que sea posible por otra parte definirlo con precisión. Según la propuesta del PMRC quedaría libre de toda restricción, por ejemplo, el country: «¿hay alguien en el PMRC que pueda establecer una diferencia nítida e inequívoca entre rock y country?». Es imposible no sonreír pensando en la institución de una agencia gubernamental dedicada a refinadas disquisiciones musicológicas sobre dónde termina el southern rock y dónde empieza el country. «Si esta ley fuera aprobada», concluye Zappa, «tendría un efecto proteccionista para la música country, dando más garantías a los cowboys que a los niños».
Zappa desmonta también uno de los principales argumentos de los partidarios de la reglamentación: el paralelismo con la industria cinematográfica, donde existía ya un sistema de clasificación. Y lo hace poniendo de relieve dos grandes diferencias. La primera es estrictamente cuantitativa: la industria cinematográfica producía por aquel entonces trescientas veinticinco películas al año, contra las más de veinticinco mil canciones producidas por la industria discográfica. Esa hipotética agencia musicológica gubernamental de la que hablábamos debería ser verdaderamente grande para poder examinar semejante cantidad de material. Acerca de este punto, unas semanas antes de la audición, Zappa había escrito una carta abierta al entonces presidente Reagan, acérrimo enemigo del Estado hipertrófico, preguntándole si no consideraba el proyecto peligroso desde este punto de vista. Reagan, claro está, nunca contestó.
En segundo lugar Zappa recuerda la enorme diferencia que existe entre la producción de una película, y la de un disco o un espectáculo musical, especialmente en lo que se refiere a la exposición individual de cada uno de los participantes. En una película, recuerda Zappa, el trabajo de los actores consiste en fingir, por lo que la clasificación no les afecta en primera persona. Aunque una película sea clasificada como apta solo para un público adulto, eso no repercutirá en futuros trabajos del actor. Los músicos, por el contrario, se exponen en primera persona, presentando su trabajo, y haciéndolo además de forma colectiva. Llegados a este punto Zappa intenta esbozar las consecuencias materiales de una legislación de este tipo: «El PMRC ha exigido a las discográficas que “reexaminen” los contratos de las bandas que en el escenario hacen cosas que consideran ofensivas. Quisiera recordar al PMRC que los grupos musicales están formados por individuos. ¿Si uno de los miembros mueve demasiado la cadera, toda la banda recibirá una “X”? ¿Si después de haber “reexaminado” el contrato, la discográfica despide a toda la banda, los otros miembros denunciarán a quien les ha arruinado la carrera con sus movimientos? ¿Será necesario clasificar individualmente a los miembros del grupo? ¿Y si así fuere, quién va a decidir si el guitarrista es una “X”, el cantante una “D/A” y el batería una “V”?».
Si alguien se las había tomado en serio, después de que Zappa pusiera en evidencia que se trataba de una mala idea con aberrantes efectos colaterales, las propuestas del PMRC se deshincharon como una pompa de jabón. De toda aquella campaña contra el rock corruptor de la juventud norteamericana, solo sobrevivieron las «Tipper Stickers» que en los noventa acabarían convirtiéndose en un auténtico reclamo publicitario musicalmente transversal, del heavy al rap. Un disco etiquetado con el «Parental Advisory» era (es) un disco automáticamente más deseable para cualquier adolescente sano. El mismo Zappa tuvo el honor de que le marcaran un disco con la famosa etiqueta que alertaba del contenido explícito de las letras. Se trataba del Jazz from Hell, un disco instrumental por el que le darían, además, un Grammy.

Ton Vilalta









Esto también es rock, por si les quedan dudas...




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Ideario del arte y política cabezona

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"La desobediencia civil es el derecho imprescriptible de todo ciudadano. No puede renunciar a ella sin dejar de ser un hombre".

Gandhi, Tous les hommes sont frères, Gallimard, 1969, p. 235.