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jueves, 30 de marzo de 2017

Zoltan Rainer; Silesia Orchestra - Rossini: Overtures (2006)

Más de la serie "The Masters Classic" al blog cabezón. Esta vez desembarca el compositor italiano y sus proclamadas oberturas; al igual que Tchaikovsky; Rossini construyó una gran muralla casi que irrompible en cuanto a oberturas se refería. Sin pretender minimizar o resumir la obra de Rossini en sus oberturas únicamente; les traigo un disco que encierra una muy buena lista de oberturas de Rossini interpretadas por la Orquesta de Silesia, dirigida por el director Zoltan Rainer.

Artista: Zoltan Rainer; Silesia Orchestra
Álbum: Rossini - Overtures
Año: 2006
Género: Música Clásica, Classical
Duración: 58:25
Nacionalidad: Polonia


Lista de Temas:
1. Il barbiere di Siviglia (El barbero de Sevilla), Opera
2. Il signor Bruschino, Opera
3. La gazza ladra (La urraca ladrona), Opera
4. La scala di seta (La escala de seda), Opera
5. L'italiana in Algeri (La italiana en Algeria)
6. Tancredi (Tancredo)
7. Guillaume Tell (Guillermo Tell)


Alineación:
Zoltan Rainer / Director
Silesia Orchestra / Orquesta



Como ya es de costumbre; casi que mi sello a la hora de compartir mi colección de música clásica, les traigo anécdotas y curiosidades que rodean la vida del gran compositor italiano:


¿Partituras o Recetas culinarias?


Parece ser que a Rossini le gustaba más cocinar y comer que componer música. Ensayaba constantemente nuevos platos y recetas, en ocasiones muy extravagantes. En 1816 el empresario Barbaja le contrató para que, por 15.000 francos anuales, le entregara dos óperas. La primera que propuso Rossini fue Otello. El músico estuvo seis meses viviendo en casa del empresario sin escribir una sola nota. Barbaja harto de la situación ordenó a sus criados que encerraran al Cisne de Pésaro con sólo un plato de macarrones hervidos y una jarra de agua. Al día siguiente, Rossini entregó la obertura. En una semana había acabado la ópera. Como Barbaja no sabía música, Gioacchino Rossini había adaptado la obertura, única música que había compuesto, a todos los diálogos de la ópera. Pudo así recuperar su libertad.


Se narra, que en el año 1830 y Rossini, con 38 años, decide darse un merecido descanso de la composición y dedicarse, casi por completo, a su verdadera pasión: la gastronomía. Este descanso del que hablamos estuvo acompañado de enfermedades, tanto reales como supuestas, puesto que era bastante hipocondríaco; no obstante nunca le abandonó un carácter vitalista y supo sacarle sustancia a la vida.
Como anécdota y referencia obligada del apasionamiento que en él levantaba el tema gastronómico, se dice que en toda su vida lloró únicamente en dos ocasiones: a la muerte de su padre, y cuando se le cayó por la borda del barco un pavo trufado. Situación comprensible, si tenemos en cuenta, que para Rossini la trufa era "el Mozart de las setas".



¿Vago o genio?

Parece que Rossini, además de un sibarita, era un comodón. El escritor Augusto Martínez Olmedilla escribe: “Se cuenta de él que componía tumbado; cierta vez acababa de escribir un aria; se le vuela el papel pautado y para no molestarse en cogerlo, opta por escribir otra”.
Otra prueba de comodidad del italiano es esta autoconfesión: “Escribí la obertura de La gazza ladra el mismo día del estreno, en el desván del Teatro de La Scala, donde el director de escena me había encerrado siendo vigilado por cuatro ayudantes de escena quienes tenían instrucciones de ir arrojando mi obertura, página a página, por la ventana a un patio interior, donde las recogían los copistas para proceder a copiar rápidamente las partes.”
¿Comodidad, pereza, vagancia…? Quizá alguna de estas cosas o puede que sólo una extraordinaria y envidiable: habilidad para poner una nota detrás de la otra. Y puede que además, un motivo de especulación para musicólogos, porque los hay que, de estar encerrados entre legajos y papeles, buscan donde no hay. Rossini era Rossini. Y ya está.



Algunas anécdotas contadas por su biógrafo Radiciotti:



Una noche, al salir de un concierto al cual acababa de asistir el compositor, se acercó una señora.
–Maestro –le dijo–, ¡finalmente puedo contemplar esta cara genial, que sólo conocía por retratos! No se puede equivocar: Ud. tiene en el cráneo la joroba de la música.
–¿Y que me dice de ésta, señora? –Contestó Rossini tocándose la barriga–. Ud. no puede negar que sea aún más visible y desarrollada. Y es cierto que mi verdadera joroba es la gula.
Se narra, que en 1864, el Barón Rothschild le mandó como regalo unos racimos de las maravillosas uvas de sus invernaderos, y recibió esta respuesta:
–¡Gracias! Su uva es excelente, pero no me gusta mucho el vino en pastillas.
El Barón entendió la alusión, y le gustó tanto este divertido comentario, que hizo mandar en seguida al Maestro un tonelete de su mejor Chateau-Lafitte.
El compositor Alberto Lavignac, que conocía perfectamente los vicios de Rossini, le regalaba de vez en cuando una docena de las deliciosas sardinas que se pescan en el Golfo de Gascuña.
El Maestro le dijo un día: "Por favor, no me mande estas cosas el sábado. El sábado, hay siempre mucha gente a la mesa conmigo, y yo, cuando tengo las sardinas quisiera comerlas sólo, pero como soy tan buen marido, tengo que regalar siempre una a Olimpia (su esposa)".
Se comenta, que Rossini, además de tener muy buen gusto en su paladar, también era un excelente cocinero, gustándole mucho cocinar –sobre todo los macarrones– de los cuales era un apasionado; también lo era del paté de pollo con cangrejos a la mantequilla.
En un famoso encuentro con Ludwig Van Beethoven, durante la visita de Rossini a Viena, en 1822, aquél al terminar la conversación dijo a Rossini: "Sobre todo, componga usted muchos -Barberos-" refiriéndose a la más afamada composición de Rossini).







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