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lunes, 24 de octubre de 2016

En Los Dominios De La Nueva Religión


Asumimos y reproducimos su credo sin saberlo. Vivimos bajos sus reglas. Y la mayoría de la población desconoce la ideología que domina nuestras vidas. Sus dogmas están naturalizados en nuestras mentes y las hemos aprendido desde la infancia. Vivimos en un mundo donde el dinero lo es todo, mueve a las personas y a la sociedad. Esta profunda tiranía del dinero (o capital) que está establecida en este mundo impone un estilo de vida lleno de sinsentido y donde lo más importante sea consumir.

En una época dominada por la expansión ilimitada del capitalismo en su fase neoliberal, llegamos a una sociedad que valora más el éxito personal que el bien común y que antepone el poder a la justicia no debería sorprendernos que los casos de corrupción llenen los titulares de los periódicos. Algunos estudios sugieren que la motivación de logro y la motivación de poder son la cara individual de lo que a nivel colectivo llamamos capitalismo o economía de libre mercado. Según parece, el grado en el que la política de un país está comprometida con el neoliberalismo correlaciona significativamente la importancia que sus ciudadanos dan al éxito y al poder. Un estudio publicado en Psychological Science muestra que estos valores son la misma fuente de corrupción, y predisponen de un estudiante a hacer trampas en la universidad.
El neoliberalismo es tan ubicuo que ni siquiera lo reconocemos como ideología. Aparentemente, hemos asumido el ideal de su fe milenaria como si fuera una fuerza natural; una especie de ley biológica, como la teoría de la evolución de Darwin. Pero nació con la intención deliberada de remodelar la vida humana y cambiar el centro del poder.
Ahora, todos somos neoliberales. Amén.


Si alguien ha oído el término con anterioridad, tendrá problemas para definirlo. ¿Saben qué es el neoliberalismo? Su anonimato es causa y efecto de su poder. Ha sido protagonista en crisis de lo más variadas: el colapso financiero de los años 2007 y 2008, la externalización de dinero y poder a los paraísos fiscales (los "papeles de Panamá" de Marioneta Macri son solo la punta del iceberg), la lenta destrucción de la educación y la sanidad públicas, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los ecosistemas y la concentración bestial de riqueza en pocas manos. Sin embargo, esas crisis nos parecen elementos aislados, que no guardan relación. No somos conscientes de que todas ellas son producto directo o indirecto del mismo factor.

 
Para Joseph Vogl, filósofo y profesor de literatura alemán, el neoliberalismo es mucho más que un giro en el patrón de acumulación, hay en él una potencia transformadora que lo coloca, como en otros momentos de la historia del desarrollo del capitalismo, en la vanguardia de una colosal mutación de usos y costumbres apuntalada por una expansión tecnológica. El modelo económico neoliberal usa mensajes muy sencillos y contundentes que a lo largo de los años se han convertido en una verdad misma. No es un partido y se proclama mentirosamente como antipolítica y como si fuera la realidad misma. A lo largo de los últimos 30 años, esa ideología se ha materializado en un modelo económico a escala nacional y global cuyos resultados (desigualdad creciente, pobreza y exclusión social, precarización del mercado de trabajo, deterioro medioambiental grave, dominio de lo especulativo y deterioro de la democracia, por resaltar algunos de ellos) están llevando a una pérdida del bienestar colectivo cada vez más evidente.


Para el neoliberalismo, la competencia es la característica fundamental de las relaciones sociales. Afirma que "el mercado" produce beneficios que no se podrían conseguir mediante la planificación, y convierte a los ciudadanos en consumidores cuyas opciones democráticas se reducen como mucho a comprar y vender, proceso que supuestamente premia el mérito y castiga la ineficacia. Todo lo que limite la competencia es, desde su punto de vista, contrario a la libertad. Hay que bajar los impuestos, reducir los controles y privatizar los servicios públicos. Las organizaciones obreras y la negociación colectiva no son más que distorsiones del mercado que dificultan la creación de una jerarquía natural de triunfadores y perdedores. La desigualdad es una virtud: una recompensa al esfuerzo y un generador de riqueza que beneficia a todos. La pretensión de crear una sociedad más equitativa es contraproducente y moralmente corrosiva. El mercado se asegura de que todos reciban lo que merecen.



Pero quizás lo más grave es que esa ofensiva está consiguiendo sustituir valores tradicionales que dábamos por indiscutidos –como la solidaridad, la justicia y la igualdad– por otros como el individualismo, la competencia egoísta, el menosprecio de lo público y la percepción de la pobreza y el desempleo como consecuencia de la pereza. Los pobres se culpan de su fracaso. En un mundo gobernado por la competencia, los que caen pasan a ser perdedores ante la sociedad y ante sí mismos.
¿Desempleo estructural? Si usted no tiene empleo, es porque carece de iniciativa.
¿Viviendas de precios desorbitados? Si su cuenta está en números rojos, es por su incompetencia y falta de previsión.
¿Qué es eso de que el colegio de sus hijos ya no tiene instalaciones de educación física?
Si engordan, si enferman, es culpa suya.


El presente ‘resulta succionado del mundo para hacerle lugar a un futuro de mercados incontrolados y de un desmesurado potencial inversor. El futuro resulta insistente’. Así como el mercado no tiene ningún interés ni en el pasado ni en el presente y sólo hace foco en la perspectiva de ganancia a futuro, el sueño de este capital es el olvido. Habla del poder del futuro y se consuma en el fin de la historia”. ¿Alguna relación con nuestra actualidad nacional? ¿Le recuerda, estimado lector, algunos de los golpes de efecto para resaltar la imagen de Macri construidos desde la ficción y la impostura por los agentes publicitarios del duranbarbismo?
Ricardo Forster - LOS NUEVOS DIOSES DEL MERCADO GLOBAL. Publicado en Página12.

Hay una constante lamentación sobre la llamada pérdida de normas y valores en nuestra cultura. El actual sistema está sacando lo peor de nosotros mismos. El psicólogo y psicoanalista Paul Verhaeghe excama: "El neoliberalismo ha sacado lo peor de nosotros mismos" y documenta en su libro "What About Me?" los problemas que son un signo de los tiempos: desórdenes alimentarios, depresión, incomunicación, ansiedad y fobia social es una de las consecuencias de ese proceso. No es sorprendente que Gran Bretaña, el país donde la ideología neoliberal se ha aplicado con más rigor, sea la capital europea de la soledad. Recuerden el disco "Hands. Cannot. Erase." porque Steven Wilson habla de esto y específicamente en la ciudad de Londres.

Quiebras, despidos, inflación, un rápido inmeditado tarifazo al asumir el poder, el gobierno de Corporación Cambiemos S.A. está en o más selecto de esta "corriente de pensamiento"; y vemos sus consecuencias: pérdida de derechos laborales, el sindicalismo pierde relevancia y los trabajadores derechos y todos los argentinos decisión, mientras que las las multinacionales, el sistema financiero, los bancos .

Nuestra sociedad proclama constantemente que cualquiera puede conseguirlo sólo con esforzarse lo suficiente, mientras refuerza a la vez los privilegios y ejerce una presión cada vez mayor sobre sus agobiados y exhaustos ciudadanos. El neoliberalismo es un Dios, es la Realidad. La religión del "mercado" es tomado como un sistema natural que se nos impone de forma igualitaria, como la gravedad o la presión atmosférica, pero está cargado de relaciones de poder. "Lo que el mercado quiere" suele ser lo que las corporaciones y sus dueños quieren. La libertad de los neoliberales, que suena tan bien cuando se expresa en términos generales, es libertad para el pez grande, no para el pequeño. Liberarse de los sindicatos y la negociación colectiva significa libertad para reducir los salarios (lo podemos ver ahora en Argentina con las paritarias, donde ningún acuerdo salarial logró siquiera acercarse a la variación interanual que dan los índices que recomienda el propio gobierno nacional). Liberarse de las regulaciones estatales significa libertad para contaminar los ríos, poner en peligro a los trabajadores. Liberarse de los impuestos significa liberarse de las políticas redistributivas que sacan a la gente de la pobreza.

En La doctrina del shock, Naomi Klein demuestra que los teóricos neoliberales propugnan el uso de las crisis para imponer políticas impopulares, aprovechando el desconcierto de la gente; más allá de la Argentina post kirchnerista hay miles de ejemplos; tras el golpe de Pinochet, la guerra de Irak y el huracán Katrina.

Es posible que la consecuencia más peligrosa del neoliberalismo no sea la crisis económica que ha causado, sino la crisis política. A medida que se reduce el poder del Estado, también se reduce nuestra capacidad para cambiar las cosas mediante el voto. Según la teoría neoliberal, la gente ejerce su libertad a través del gasto; pero algunos pueden gastar más que otros y, en la gran democracia de consumidores o accionistas, los votos no se distribuyen de forma equitativa. El resultado es una pérdida de poder de las clases baja y media. Y, como los partidos de la derecha y de la antigua izquierda adoptan políticas neoliberales parecidas, la pérdida de poder se transforma en pérdida de derechos. Cada vez hay más gente que se ve expulsada de la política.
El margen de acción de los gobiernos es cada vez menor. El margen de que los pueblos puedan cambiar la situación también es cada vez menor.

Cada vez hay un número mayor de personas que fracasan, se sienten humilladas, culpables y avergonzadas. Siempre se nos dice que tenemos mayor libertad que nunca para elegir el rumbo de nuestra vida, pero la libertad de elegir fuera del relato del éxito es limitada. Además, a los que fracasan se les juzga como si fueran perdedores o gorrones que se aprovechan de nuestro sistema de seguridad social. La meritocracia neoliberal querría hacernos creer que el éxito depende del esfuerzo y los talentos individuales, lo que significa que la responsabilidad reside enteramente en el individuo y que la autoridad debería otorgar a la gente toda la libertad posible para alcanzar esta meta. Para quienes creen en el cuento de hadas de la elección sin restricciones, la soberanía y la autogestión personales son los mensajes políticos preeminentes, sobre todo si parecen prometer libertad. Junto a la idea del individuo perfectible, la libertad que nosotros mismos advertimos que tenemos en Occidente es la mayor falsedad de esta hora y época.

El sociólogo Zygmunt Bauman resumió con esmero la paradoja de nuestra época: "Nunca hemos sido tan libres. Nunca hemos sido tan impotentes". Porque nuestra presunta libertad se vincula a una condición central: debemos tener éxito. Un individuo altamente cualificado que pone la crianza de los hijos por delante de su carrera será blanco de las críticas. De una persona con un buen puesto que declina un ascenso para invertir más tiempo en otras cosas se piensa que está loca.
Que cada uno haga sus comparaciones sobre este dogma, nueva "religión" y nuevo "sentido común" de las sociedades de todo el mundo con la vertiginosa entrada de nuestro país, de la mano de Macri y de sus CEOs amorales, en esta apropiación de unos pocos de la riqueza generada por los muchos. Y estos muchos que aún no terminan de comprender quién ni cómo desató esa tormenta que los deja, una vez más, desamparados ante los dioses inescrutables del mercado.


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